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Lunes 26 de octubre de 2026
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¿Qué lleva a alguien a comer sesos crudos y desconfiar de los médicos? Entre promesas de salud, "influencers" y recelo hacia la industria alimentaria, algunas dietas convierten la mesa en una batalla por la confianza.
Lunes 26 de octubre de 2026
Las redes son hoy un gran mercado de certezas. Junto al conocimiento contrastado crecen burbujas de "verdades" que desafían el consenso científico, y en ellas cada cual encuentra respuestas sobre cómo vivir y alimentarse, y escoge, casi a la carta, a quién escuchar y qué bandera enarbolar.
Una de esas burbujas está transformando el universo del bienestar. Si hace unos años los batidos verdes, el tofu y las alternativas vegetales marcaban tendencia, hoy los filetes, las vísceras y la leche sin pasteurizar les disputan el protagonismo.
Y el giro va más allá de Instagram. Según Women's Health, el consumo de carne en Estados Unidos alcanzó un mínimo histórico en 2014, mientras que para 2025 se estimaba un consumo medio por habitante unos diez kilos superior al de aquel año.
En este nuevo escenario ganan terreno propuestas como la dieta carnívora, basada casi exclusivamente en productos animales; la Raw Primal, que apuesta por consumirlos crudos; la dieta del león, limitada a carne de rumiantes, agua y sal; o las llamadas dietas bajas en toxinas, que buscan evitar ingredientes considerados perjudiciales, como ciertos aceites vegetales.
Influencers como Bella Ma, conocida como Steak and Butter Gal, aseguran, entre otras cosas, que alimentarse principalmente de productos animales les ha ayudado a sentirse mejor, recuperar claridad mental y aliviar problemas de piel. El recelo hacia los ultraprocesados ayuda a explicar el atractivo de estas dietas, aunque la búsqueda de "lo natural" puede llegar mucho más lejos, hasta el punto de renunciar a cocinar los alimentos.
Kelly Pi es un caso llamativo. Esta ingeniera eléctrica de 30 años apareció recientemente en un reportaje de The New York Times Magazine con una elección alimentaria poco habitual: unos sesos de búfalo que lleva en el bolso. Durante el encuentro, sacó el recipiente, señaló lo que identifica como un fragmento del cráneo y exclamó entusiasmada: "¡Mira, se ve un trocito del cráneo!". Acto seguido, les da un mordisco.
Para abastecerse, viaja varias veces al mes a una granja amish de Pensilvania, en Estados Unidos, donde compra carne y lácteos sin pasteurizar. Su dieta incluye vísceras, yemas de huevo e incluso animales atropellados, todo sin cocinar, pese a los riesgos sanitarios que advierte el propio reportaje.
Kelly sabe que su alimentación puede parecer extrema, pero ella considera mucho más preocupante consumir productos procesados y alcohol. Su apuesta por la carne cruda, sin embargo, no surgió de la nada. A los veintipocos años sufría migrañas crónicas y convulsiones que la medicación no parecía aliviar. En busca de una solución, comenzó a experimentar con distintas dietas hasta llegar a la que sigue hoy.

Kelly no es un caso aislado. Su forma de comer encaja en lo que el reportaje del Times llama "nutrición oscura": un universo de dietas muy distintas, pero unidas por el recelo hacia la medicina convencional y las autoridades sanitarias. En podcasts, foros y cuentas de Instagram se cuestionan los consejos de siempre. En algunos de estos círculos, la carne roja y la mantequilla adquieren incluso propiedades casi milagrosas, mientras las verduras despiertan sospechas.
Esa desconfianza también crea comunidad. Según se relata en el reportaje, en Meatstock, una convención carnívora celebrada en Tennessee, en Estados Unidos, el público vitoreaba mientras se cortaban filetes y se vendían cereales hechos de carne. Entre los asistentes abundaban las historias de recuperación y los mensajes contra la medicina convencional. Muchos llevaban años sufriendo enfermedades crónicas y algunos eran antiguos veganos.
Por ejemplo, Max Kane, diagnosticado de Crohn a los 12 años, aseguró al medio estadounidense que cambiar su alimentación le devolvió la autonomía. Después de años de tratamientos, decidió buscar respuestas por su cuenta, sin depender únicamente de lo que le ofrecía la medicina convencional.
Pero esa búsqueda de control sobre el propio cuerpo también puede convertirse en una forma de encontrar a otros con inquietudes similares. Como señala la nutricionista Emma Beckett en The Guardian, el paso de algunos seguidores del veganismo a la dieta carnívora sugiere que, más allá de la salud, también buscan reglas sencillas y una comunidad con la que identificarse.
Parte de estas ideas encuentra también eco en Make America Healthy Again (MAHA), el movimiento impulsado por Robert F. Kennedy Jr., donde conviven las críticas a la industria alimentaria y la defensa de una alimentación "ancestral".
Su auge coincide además con la expansión de teorías conspirativas durante la pandemia y la desconfianza hacia las vacunas, aunque no todas sus inquietudes son marginales. Según una encuesta de KFF citada por The Guardian, el 64 % de los adultos estadounidenses considera insuficiente la regulación de los pesticidas y el 75 % piensa lo mismo de los aditivos alimentarios.
El problema aparece cuando esas preocupaciones, ampliamente compartidas, sirven para justificar prácticas alimentarias extremas. Este es el caso de las versiones más radicales de la dieta carnívora, a las que algunos atribuyen propiedades curativas sin respaldo científico sólido.
Según The Guardian, la dieta carnívora puede aportar muy poca fibra, fundamental para la salud intestinal y asociada a un menor riesgo de enfermedades cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer. También puede favorecer carencias de vitamina C y ácido fólico. A esto se suma el exceso de grasas saturadas, que puede elevar el colesterol LDL, un factor de riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares.
Harvard Health advierte además de posibles consecuencias a largo plazo, como cálculos renales, gota y osteoporosis, así como problemas de función renal cuando se consumen cantidades muy elevadas de proteínas. Aunque todavía faltan estudios sobre los efectos a largo plazo de la dieta carnívora, estos riesgos preocupan a los especialistas.
Eso no significa tampoco que quienes aseguran sentirse mejor estén mintiendo. Beckett explica que la dieta carnívora funciona como una forma extrema de dieta de eliminación. Al suprimir tantos alimentos, es posible que una persona deje de consumir alguno que le causaba molestias. La diferencia es que, mientras en medicina esos alimentos se reintroducen gradualmente, quienes mantienen una dieta carnívora estricta siguen excluyéndolos. Y sentirse bien tampoco garantiza estar sano. Como recuerda la experta, no podemos notar cómo se obstruyen nuestras arterias.
Los riesgos se vuelven especialmente visibles con la leche cruda, otro símbolo de esta corriente. Sus ventas aumentaron un 17,6 % en 2024, según datos de Circana recogidos por The Guardian. Sin pasteurizar, la leche puede contener microorganismos peligrosos, sin que sus supuestas ventajas para la salud estén demostradas.
De hecho, durante el verano de 2026, más de 100 personas enfermaron tras consumirla y 11 acabaron hospitalizadas, según NPR. La Academia Americana de Pediatría ha pedido prohibir su venta.
Pese a estas advertencias, los testimonios personales siguen teniendo una fuerza difícil de combatir. En ciencia, la letra "n" indica el número de individuos que participan en un estudio. En los círculos de la "nutrición oscura", cuenta The New York Times Magazine, se ha popularizado la idea del "n de uno": convertir el propio cuerpo en un experimento y descubrir qué funciona a partir de la experiencia personal. El planteamiento resulta atractivo en un campo donde investigar los efectos a largo plazo es complejo. Pero una sola experiencia, por convincente que resulte, no basta para demostrar que una dieta sea eficaz o segura.
Ni siquiera es fácil saber a qué atribuir una mejoría. La propia periodista del Times se encontró con esa duda al regresar de unas vacaciones en Grecia sintiéndose mejor que en mucho tiempo. ¿Había sido por evitar ciertos aceites o, simplemente, por desconectar unos días?
Esa dificultad para establecer causas es una de las limitaciones de la investigación nutricional. Muchos estudios son observacionales y se basan en lo que los propios participantes cuentan sobre su alimentación. Por eso, conviene interpretar sus resultados con cautela: un solo estudio no basta para sacar conclusiones definitivas.
No obstante, la evidencia acumulada permite identificar patrones consistentes. Décadas de investigación respaldan los beneficios de una alimentación variada y rica en alimentos vegetales. Entre los estudios más recientes, uno publicado en Nature Medicine en 2025, recogido por Women's Health, relacionó este tipo de alimentación con un envejecimiento más saludable entre más de 100.000 participantes.

Quizá la mejor manera de entender la diferencia entre ciencia y creencia la ofrezca Christopher Gardner, investigador de nutrición en Stanford. Gardner contó al Times cómo un estudio suyo sobre el ajo acabó siendo malinterpretado, pues la investigación no había encontrado que redujera el colesterol LDL, pero algunos medios fueron más allá y concluyeron que el ajo no era bueno para la salud.
Él sabía que su trabajo no permitía afirmar tanto. Y es que la ciencia nutricional rara vez ofrece respuestas absolutas, pero eso no significa que no se sepa nada, por lo que su consejo sigue siendo sencillo: comer más frutas y verduras y reducir la comida basura.
Precisamente esa falta de respuestas definitivas parece alimentar una búsqueda constante de la dieta perfecta, en la que siempre hay algo por ajustar. Kelly Pi, por ejemplo, prescindió de la sal durante un tiempo, pero tiempo después ya había vuelto a consumirla.
Quizá ese sea el verdadero problema de esta nueva religión alimentaria. Cuando la salud se convierte en una cuestión de fe, el influencer que promete certezas puede acabar teniendo más autoridad que el científico que reconoce las dudas. Pero entender por qué tanta gente prefiere creerle, sin ridiculizar sus experiencias ni ignorar sus inquietudes, puede ser el primer paso para recuperar la confianza en el conocimiento científico.