"La adopción de la Inteligencia Artificial ya no diferencia a nadie. Empieza otra economía, la del token. En Singapur, en la conferencia SuperAI 2026, lo que más me llamó la atención fue una ausencia."
Directora CENIA
Viernes 31 de julio de 2026
Del link al click, del like al token
María Francisca Yáñez, Ph.D
Directora CENIA
La adopción de la Inteligencia Artificial ya no diferencia a nadie. Empieza otra economía, la del token. En Singapur, en la conferencia SuperAI 2026, lo que más me llamó la atención fue una ausencia. En uno de los encuentros de Inteligencia Artificial más intensos del mundo, y de los pocos capaces de sentar en una misma sala a los líderes de Oriente y Occidente, casi nadie pronunció la palabra "adopción". No porque no importe. Importa. Pero en los ecosistemas que van adelante, adoptar IA es apenas el precio de entrada. La conversación, allá, se mudó a otra parte y ésa fue la certeza con la que volví a Chile: entramos en un tiempo post-adopción.
Es una historia conocida. ¡Hagamos memoria! Tener sitio web, aparecer en Google, estar en redes sociales, cada uno de esos gestos que reflejaban una nueva era y que parecían entonces visionarios, terminaron volviéndose algo higiénico. Nadie felicita hoy a una empresa por tener Internet y con la Inteligencia Artificial pasará lo mismo, pero claramente más rápido. Adoptarla es necesario; creer que basta es el error.
El MIT lo midió y nos entrega la evidencia. Un informe de su iniciativa NANDA de 2025, encontró que pese a las decenas de miles de millones de dólares invertidos, cerca del 95% de las organizaciones no obtiene retorno medible de su IA Generativa, concluyendo que la falla no está en los modelos, sino en algo más simple: existe mucha adopción y poca transformación.
Si la adopción ya no distingue a nadie, la pregunta es qué sí lo hará. Y para responderla, conviene mirar de dónde venimos, porque cada ola de la era digital tuvo su unidad de poder.
En los 90 fue el link: quien no estaba en Internet, no era relevante. En los 2000 fue el click: quien no aparecía en Google, no existía. Luego llegaron las redes sociales, y con ellas el like y la economía de la atención. Hoy la unidad es el token. Del link al click, del like al token: ésa es la transición que estamos viviendo y, como las anteriores, ésta tampoco avisa sino que simplemente nos inunda. Empezamos a notarlo cuando la propia IA nos advierte que llegamos al límite y nos detiene y nos pregunta si preferimos esperar o pagar más. O cuando en las empresas las facturas por tokens se disparan.
Vale la pena entonces entender qué es un token, y sacarlo del mundo cripto o del rincón técnico de TI, donde ha vivido hasta ahora. Token es la unidad mínima con que un modelo de Inteligencia Artificial lee, razona y responde. Podemos imaginarlo como una palabra o el pedazo de una palabra. Pero, más importante aún: es la unidad con la que se mide y se cobra el procesamiento que realiza un modelo. Cada pregunta, cada documento, cada línea de código se paga en tokens. Y cuando una sola unidad concentra todo eso, deja de ser un asunto técnico para volverse una cuestión de poder. La pregunta clave, entonces, es quién lo controla.
Satya Nadella, CEO de Microsoft, la formuló como una advertencia: ninguna empresa debería entregar su inteligencia a un puñado de modelos que se alimentan de todo lo que tocan. Su tesis es que el valor económico que una empresa obtiene por adoptar IA no está en elegir el mejor modelo, sino en construir, encima de él, una capa de aprendizaje en la que se desarrollen dos capitales en paralelo: por un lado, el humano, el conocimiento, el juicio y el criterio y, por el otro, el de tokens, que es el que permite mejorar los sistemas internos gracias a la interacción con los modelos
Dicho de otro modo, una organización tendría que poder cambiar de modelo sin perder lo que le tomó años aprender. Si no puede, dejó de ser dueña de su futuro. Porque la IA no solo procesa datos, sino que puede terminar absorbiendo la memoria y la ventaja que hacen única a una empresa. Por eso el capital humano no se vuelve prescindible; se vuelve decisivo. Y mientras más potente la máquina, más importa el juicio que la orienta.
Lo que Nadella advierte para la empresa vale aumentado para los países. Porque la “economía del token” no será solo una conversación de directorios, será una conversación de país. Si el token es la nueva llave de acceso a la inteligencia, repartirlo, financiarlo y gobernarlo se vuelve un asunto de desarrollo. Así como alguna vez discutimos electrificación, fibra óptica y alfabetización digital, hoy nos toca discutir acceso a cómputo, a modelos, a datos y a tokens.
Hace poco escuché a la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, deslizar una idea en un encuentro de ICARE: habló de un banco de tokens. Me pareció una de esas frases que se adelantan a su tiempo, esa clase de iniciativas capaces de conectar, a escala de país, el capital humano de Chile con su capital de tokens.
Aquí cobra sentido una alianza como Exponencial, que une a TVN y a CENIA. Chile necesita democratizar la comprensión de la Inteligencia Artificial, sí, pero también elevar la ambición. No basta con acercar la tecnología a las personas; hay que acercar las grandes preguntas al debate público. Porque detrás de cada token hay mucho más que un cálculo. Hay datos, talento, inversión, decisiones. Hay cultura. Hay soberanía. Hay poder. Y hay, en el fondo, una pregunta sobre qué clase de sociedad queremos ser.
Los tiempos post-adopción que vivimos no premiarán a quien consuma más IA, sino a quien mejor la convierta en buenas decisiones, en desarrollo y en dignidad. Empezar a mirar los tokens es empezar a decidir algo más grande que una métrica. Es proyectar qué inteligencia queremos que nos represente, y qué país queremos ser cuando los tokens se vuelvan la moneda del mundo