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Inteligencia Artificial: Una oportunidad que Chile no puede desaprovechar

Investigadora CLAPES UC

Carmen Cifuentes

Viernes 7 de agosto de 2026

Chile lleva más de una década enfrentando un problema que explica buena parte de los desafíos económicos que vivimos hoy: el estancamiento de la productividad. Cuando un país pierde productividad, el crecimiento se desacelera, los salarios crecen menos y el financiamiento de mejores políticas públicas se vuelve cada vez más complejo.

Por eso, cuando hablamos de Inteligencia Artificial (IA), la conversación no debería centrarse únicamente en cuántos empleos podrían desaparecer. La pregunta realmente importante es otra: ¿Podrá esta tecnología ayudarnos a recuperar la productividad y el crecimiento que Chile perdió hace ya varios años?

La evidencia sugiere que sí. En un estudio reciente de CLAPES UC estimamos que la adopción de Inteligencia Artificial Generativa (IAGen) podría incrementar el nivel del PIB chileno entre un 0,75% y un 3,0% durante la próxima década, dependiendo de la velocidad con que trabajadores, empresas e instituciones incorporen esta tecnología en sus procesos productivos. En valores actuales, esto equivale a generar entre US$2.700 y US$11.000 millones adicionales para la economía.

La clave está en entender que la IAGen no reemplaza únicamente trabajo, sino que complementa capacidades humanas. Un médico puede dedicar menos tiempo a redactar fichas clínicas, para atender más pacientes. Un abogado puede revisar cientos de páginas en minutos para concentrarse en la estrategia jurídica. Un ingeniero puede automatizar tareas repetitivas de programación para dedicar más tiempo a la innovación. Y así podríamos seguir. En otras palabras, la IAGen permite que las personas dediquen una mayor proporción de su jornada a aquellas tareas donde otras habilidades siguen siendo irremplazables.

Eso no significa que no existan desafíos. Algunas tareas desaparecerán y otras cambiarán profundamente, mientras que surgirán ocupaciones completamente nuevas. La historia económica muestra que todas las grandes revoluciones tecnológicas han provocado transformaciones similares. La electricidad, los computadores e Internet modificaron el mercado laboral, pero terminaron no solo elevando la productividad, sino la calidad de vida de las economías que supieron adaptarse.

La diferencia entre los países que aprovechan estas transformaciones y aquellos que quedan rezagados no está en la tecnología misma, sino en la capacidad de preparar a sus trabajadores. Por eso, el desafío para Chile es doble. Primero, debemos acelerar los procesos de capacitación y reconversión laboral. La alfabetización en IA debería convertirse en una habilidad transversal, tal como ocurrió hace algunos años con el uso de Internet. Aprender a trabajar junto a la IA será una competencia básica en prácticamente todas las profesiones.

En segundo lugar, necesitamos una profunda modernización del sistema educativo. Por supuesto que enseñar a utilizar nuevas herramientas tecnológicas pero, sobre todo, fortalecer capacidades que serán cada vez más valiosas en un mundo donde la IA realizará muchas tareas rutinarias: pensamiento crítico, resolución de problemas, creatividad, comunicación, trabajo colaborativo, por mencionar algunas.

Varios países ya comenzaron este camino. Singapur ha desarrollado una estrategia nacional para fortalecer las competencias digitales y financiar programas permanentes de capacitación laboral. Estonia está incorporando herramientas de IA en las salas de clase, pero reforzando el pensamiento crítico. El mensaje es claro: la tecnología no reemplaza a las personas; potencia a quienes saben utilizarla.

Chile necesita recuperar el crecimiento y difícilmente lo conseguirá sin un salto importante en productividad. La IAGen ofrece una oportunidad inédita para lograrlo, pero sus beneficios no llegarán automáticamente. Dependerán de la rapidez con que adoptemos estas tecnologías, de nuestra capacidad para formar mejores habilidades y de la voluntad de modernizar un sistema educativo pensado para los desafíos del siglo pasado.

Dejemos de ver a la IA como una amenaza inevitable; veámosla como una herramienta poderosa. Como tal, su impacto dependerá fundamentalmente de las decisiones que tomemos como país para hacer frente a su adopción. La historia demuestra que las revoluciones tecnológicas no premian a quienes esperan; premian a quienes se preparan.