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"Chile necesita volver a crecer. Pero no basta con que aumente el PIB: el desafío es recuperar la capacidad de crear empleos de calidad"

Presidente Fundación Chile

Julio Pertuzé

Viernes 24 de julio de 2026

La IA como motor de la transformación productiva

Chile necesita volver a crecer. Pero no basta con que aumente el PIB: el desafío es recuperar la capacidad de crear empleos de calidad, especialmente para los jóvenes que hoy encuentran cada vez más difícil ingresar al mercado laboral. En ese contexto, la inteligencia artificial no debe ser tratada solo como una amenaza que regular ni como una herramienta para reducir costos. Puede convertirse en la infraestructura productiva de una nueva etapa de desarrollo.

La discusión pública suele avanzar en la dirección contraria. Cada semana aparece una empresa que atribuye sus despidos a la IA y un titular que anuncia la sustitución de trabajadores por máquinas. Es un relato simple, pero la evidencia comienza a mostrar una realidad más compleja. Un nuevo estudio de Ara Kharazian, Lisa Simon y Ryan Stevens cruzó el gasto efectivo en proveedores de IA con registros laborales de 21.559 empresas estadounidenses. Las firmas que adoptaron IA con mayor intensidad mantuvieron plantillas aproximadamente 10,2% superiores durante los dos años posteriores, mientras que entre los adoptantes de baja intensidad no hubo cambios estadísticamente significativos. Incluso aumentó la participación del empleo de entrada. El estudio no prueba que la IA, por sí sola, cree puestos de trabajo; sí muestra que las empresas que la integran profundamente tienden a expandirse, no simplemente a reemplazar personas. (Ramp)

La lección para Chile es clara: la frontera no separa a quienes usan IA de quienes no la usan. Separa a quienes la incorporan al corazón de sus procesos de quienes hacen “teatro tecnológico”: compran licencias, organizan talleres y lanzan pilotos que nunca escalan.

En un estudio que me tocó realizar para Google, estimamos que la IA podría generar un impacto anual equivalente a entre 10,9% y 20% del PIB chileno. El potencial se concentra en finanzas, comercio y manufactura, pero también alcanza sectores decisivos para nuestra competitividad, como minería, agricultura, energía, logística y servicios. Sin embargo, solo 5% de las empresas chilenas habría integrado plenamente estas tecnologías. Si la adopción no se profundiza, capturaremos apenas una fracción de esa oportunidad.

Convertir la IA en motor productivo exige actuar en cuatro frentes. Primero, una regulación equilibrada, basada en riesgos concretos, que proteja derechos sin bloquear la experimentación. Segundo, infraestructura: nube, conectividad, capacidad de cómputo y datos interoperables que también estén disponibles para regiones y pymes. Tercero, transferencia tecnológica orientada a problemas productivos reales: optimizar el uso de agua y energía, anticipar fallas, mejorar la trazabilidad, reducir pérdidas y acelerar la innovación. Cuarto, capital humano. No necesitamos formar únicamente especialistas; debemos capacitar a técnicos, supervisores, profesionales, docentes y emprendedores para rediseñar su trabajo con IA.

Esta última tarea es especialmente importante para los jóvenes. La política de empleo no puede limitarse a enseñarles a competir con las máquinas en tareas rutinarias. Debe prepararlos para complementarlas: formular problemas, interpretar datos, supervisar resultados, combinar conocimiento técnico con criterio y crear nuevos productos y servicios.

La IA no garantiza crecimiento ni empleo. Pero puede amplificar la capacidad de innovar, exportar y escalar de miles de empresas. El riesgo mayor para Chile no es que la IA avance demasiado rápido. Es que nuestras empresas, instituciones y trabajadores la adopten demasiado superficialmente, mientras otros países la convierten en productividad, inversión y nuevas oportunidades.