Rito nocturno
Mi mamá es abuela y cada vez que puede —porque se quedan en su casa o porque ella va a cuidarlos— le lee a sus nietos en la noche, antes de dormir.
No me acuerdo de que ella me haya leído cuando yo era niño. O sea, tengo recuerdos de libros y lectura, de pedirle permiso a mis siete u ocho años para dejar la luz prendida un rato más para leer Barrabases, Astérix y Óbelix, o Papelucho, pero no la recuerdo a mi lado, leyendo.
Cuando le pregunté, me dijo que sí, obvio que te leía. ¿No te acuerdas que me corregías porque cambiaba los cuentos? Siempre iba cambiando detalles de Pulgarcito o la Caperucita, y tú me decías que no era así, ¿no te acuerdas?
Y sí, tal vez algo me acuerdo de que me leía o quizá me estoy inventando un recuerdo. No lo sé. Lo que sí tengo grabado en el cerebro es la imagen de mi mamá leyendo en su pieza, sentada y apoyada contra el respaldo de la cama, la luz de su velador prendida y un tazón de fruta, de preferencia duraznos peludos cortados en gajos, tunas peladas en mitades, racimos grandes de uva verde. Eso sí que me acuerdo: mi mamá leyendo, comiendo frutas de la estación.
Ya sea porque me leyó cuando niño o porque su ejemplo de ser lectora me marcó, desde chico disfruté leer gracias a mi mamá. Así me acostumbré a siempre tener un libro y a que la lectura es una actividad entretenida y apasionante. Al parecer, según algunos estudios, esa “herencia” se está perdiendo: los padres y madres están dejando de leer a sus hijos e hijas.
Una encuesta reciente de la editorial Harper Collins reveló que solo el 41% de los padres con hijos de entre 0 y 4 años les lee de manera regular, frente a un 64% que declaraba hacerlo en 2012. Y a medida que los niños crecen, el número baja más: solo un tercio de los niños entre 5 y 7 años recibe una historia nocturna con cierta frecuencia. Los adultos de la Generación Z —que hoy tienen hijos chicos— son quienes menos disfrutan leer en voz alta a sus niños y niñas: menos de la mitad lo describe como algo placentero para ellos, porque sencillamente lo encuentran “aburrido”. El cuento de antes de dormir, ese ritual que parecía inmortal, está en retirada.
Es un rito de contacto, de apego y cariño que la Generación Z se está farreando.
Y si no es por esas razones, por último habría que leerle a los más chicos por su propio desarrollo, tal como la neurociencia lo ha descrito. En un artículo del Newsweek (“Gen Z parents not reading to children alarms experts“), la investigadora Carmel Houston-Price, de la Universidad de Reading (¡qué linda coincidencia!), ha entregado una serie de consejos prácticos para los adultos de la Gen Z: no hace falta leer de principio a fin; recordar que los niños chicos disfrutan la repetición y leer el mismo cuento una y otra vez; y no hay que apresurarse si el niño quiere quedarse mirando la misma página durante cinco minutos.
Los libros para niños van al ritmo del niño, no del adulto. Esa es justamente la diferencia con una pantalla, donde la información es un bombardeo acelerado, sin espera.
Por su parte, el profesor Sam Wass, neurocientífico del desarrollo en la Universidad de East London, lleva años midiendo lo que ocurre en el cerebro de las guaguas cuando alguien les lee. Con sensores y tecnología de imagen cerebral, él y su equipo documentaron algo que antes solo se intuía: cuando un adulto le lee a un niño, los ritmos cerebrales de ambos empiezan a sincronizarse. Los cerebros de los bebés tienen ritmos naturalmente erráticos —su frecuencia cardíaca, su respiración y sus patrones de atención son impredecibles—. Pero cuando alguien se sienta a su lado y lee en voz alta, el cuerpo del niño “entra en sintonía”: el corazón se calma, la respiración se regula, las oscilaciones cerebrales se vuelven más estables. Y ese estado de calma rítmica —explica Wass— es el punto de partida ideal para aprender, concentrarse y, además, dormir bien.
Un artículo publicado en The Sunday Times (“How bedtime stories synchronise your child’s brain with yours”) señala que investigaciones respaldadas en neuroimagen funcional muestran que durante la lectura compartida, los cerebros del padre y del niño se alinean en tiempo real en las áreas del lenguaje y la comprensión social. Los científicos llaman a esto acoplamiento cerebral intersubjeto: dos cerebros procesando la misma narración, formando una mente compartida momentánea (algo que, evidentemente, no se puede replicar con una pantalla).
Otro estudio, publicado en la revista Cognition, encontró que esa sincronía neural es un predictor directo del aprendizaje de palabras nuevas. Los niños más conectados con el relato y con quien lee aprenden más vocabulario, porque la atención compartida es el mecanismo mismo del aprendizaje.
Y por si fuera poco, leer cuentos mejora el sueño. La Academia Americana de Medicina del Sueño señala que los niños con rutinas nocturnas consistentes —bañarse, ponerse el pijama, leer, apagar la luz— se duermen más rápido y duermen más horas. El cerebro necesita señales para comprender que el día terminó, y el cuento funciona exactamente así: cuando llega la lectura, el sistema nervioso ya sabe qué viene después. El cortisol desciende y la melatonina comienza su trabajo.
La ciencia no ha hecho más que ponerle nombre a algo que las mamás y papás sabían desde siempre: sentarse al lado de un niño o niña, abrir un libro y leerle en voz baja mientras se hace de noche es uno de los actos más bonitos que existen, con consecuencias positivas que perduran para toda la vida, aunque ese niño, cuando sea adulto, no se acuerde.
