Sospechosamente humano
En 1970, Masahiro Mori escribió el ensayo "Bukimi No Tani" (“El valle inquietante”). Mori era profesor de robótica y budista practicante, y andaba dándole vueltas a una pregunta: ¿hasta dónde conviene que un robot se nos parezca? Para desarrollar su idea, eligió una mano protésica: una de esas manos artificiales que a primera vista parecen de verdad, de color rosado —casi como recién salida de la ducha—, con dedos y hasta uñas. Todo bien, hasta que uno le da un apretón. Ahí llega el desengaño: es blanda, sin huesos, la piel fría, una textura que no calza con lo que conoces como “mano”. Y en ese instante, dice Mori, algo en el cuerpo se echa para atrás. La mano deja de parecer humana y se vuelve, de golpe, incómoda, rara, siniestra.
De esa sensación tan concreta Mori elaboró una ley general. Dibujó un gráfico simple y teorizó que mientras más humano se ve algo, más cariño nos despierta, hasta que se parece demasiado a “lo humano” y algo no cuadra. Ahí la curva del gráfico se desploma en un abismo de rechazo, que bautizó como el “valle inquietante”. Y agregó un detalle que lo vuelve todavía más incómodo: el movimiento lo empeora. Un cadáver que se mueve —un zombi— nos aterra; lo que casi está vivo, pero no del todo, resulta más espeluznante que lo que simplemente está muerto. Medio siglo después, sin que Mori lo imaginara, esa mano fría describe bastante bien lo que sentimos frente a un texto que parece escrito por una persona, pero a lo mejor no lo fue.
Y cuando uno lo piensa, suena a relato de ciencia ficción: la inteligencia artificial está escribiendo literatura.
Voy con tres ejemplos, a la rápida, todos de este año.
En mayo, la polaca Olga Tokarczuk —Premio Nobel de Literatura 2018— contó que usa IA mientras escribe, e incluso confesó que le hablaba con cariño, kochana, a la ventana del chatbot que tenía abierta. Se armó la grande. Tuvo que salir a aclarar que su próxima novela no la escribió ninguna máquina, que lleva décadas escribiendo sola y que la IA la ocupa apenas como herramienta para documentarse, igual que antes usaba bibliotecas y archivos. Daba lo mismo: una Nobel rozando a la máquina ya era un escándalo.
Hachette, una de las grandes editoriales del mundo, canceló en marzo la novela de terror Shy Girl, de Mia Ballard, después de que en YouTube y Reddit la acusaran de estar escrita con IA. La autora lo negó: dijo que un editor contratado por ella fue quien incorporó los cambios generados por una IA, y reclamó que le arruinaron el nombre y la salud mental por algo que ella no hizo. Es la primera vez que una gran editorial tradicional retira un libro ya publicado por sospecha de escritura con IA.
Y el tercero ocurrió en Japón: una obra escrita con IA como herramienta principal —el propio autor lo reconoció— ganó el Gran Premio y el Premio de Lectores en el 18º Concurso de Novela de Fantasía de la editorial japonesa AlphaPolis. Cuando se enteraron, la editorial cambió las reglas de manera retroactiva, prohibiendo las obras generadas con IA en sus concursos. Al autor le entregaron el premio en dinero (500,000 yenes, casi tres millones de pesos chilenos), pero se negaron a la publicación en papel y a su adaptación a manga.
Contar historias es, quizá, lo más profundamente humano que tenemos, y lo hacemos desde que nos reuníamos alrededor del fuego antes de que existiera la escritura. Que ahora un computador escriba mejor que nosotros y se gane hasta el premio de los lectores, es como mucho, ¿no?
No, siempre pueden ocurrir cosas más extrañas, como le pasó al pobre Jamir Nazir.
Jamir Nazir, de 62 años y nacido en Trinidad y Tobago, ganó la región del Caribe del Commonwealth Short Story Prize —uno de los concursos de cuento más prestigiosos del mundo de habla inglesa— con La serpiente en la arboleda, la historia de un campesino alcohólico que planea matar a su mujer. A los pocos días, internet dictó sentencia: prosa demasiado pulida, cargada de metáforas, con puntajes altos en los detectores automáticos de IA. Sospechoso, además, que un funcionario jubilado sin ninguna carrera literaria apareciera de la nada y ganara un premio tan importante, así que funado y condenado sin juicio.
La Fundación Commonwealth abrió una revisión que, sin usar detectores, examinó los borradores de Nazir, sus documentos con fecha, sus notas, las versiones descartadas del cuento, el esqueleto mismo de su trabajo. Lo interrogaron y cuestionaron. Para defenderse, Nazir no tuvo que probar si tenía talento literario y merecía el premio, nada de eso: tuvo que demostrar que era humano. En otras palabras, que su escritura no nació en el “valle inquietante”, sino que la había escrito él.
¿Y de dónde vino la inspiración? De su infancia. Su abuelo había sido alcohólico, entonces su padre siempre le habló del peligro de la bebida. De niño, Nazir caminaba a la escuela pasando frente a tres cantinas, donde se juntaban los hombres que salían de la industria azucarera. Y muchas veces vio a compañeritos llegar descalzos y sin libros porque el papá se había tomado la plata. De ahí, con esas experiencias, escribió el cuento.
¿Y un escritor sin carrera literaria, con esa calidad de prosa? Esas frases “demasiado pulidas” tenían una explicación de una tristeza enorme: Nazir nació con diabetes, lo que se tradujo en una neuropatía diabética con mucho dolor e insensibilidad en las manos. Por eso, su método de escritura es dictarle al celular para que lo transcriba a texto. Así avanzaba máximo tres o cuatro líneas, las que editaba y trabajaba obsesivamente porque quería que su cuento quedara perfecto, quería ganar. Lo que los algoritmos detectaron como IA, en realidad era el esfuerzo de un hombre enfermo escribiendo de la única forma en que el dolor se lo permitía.
Al final lo declararon inocente y le dieron el premio. Y cuando le preguntaron qué había sido lo peor, Nazir no habló de su honra ni de los cuestionamientos: respondió que su mamá, de más de ochenta años, escuchaba en la isla los comentarios que decían que su hijo era un tramposo. Cuando pudo contarle que había ganado, Nazir se puso a llorar.
Todas las épocas son especiales y tienen sus propios desafíos, pero no deja de ser curioso que, por primera vez en la historia de la humanidad, habitemos un mundo donde los recuerdos y las historias que nos contamos puede que no sean nuestros —vividas y padecidas y narradas por humanos—, sino que de algoritmos creados en el “valle inquietante”.
