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Viernes 5 de junio de 2026

Cuando amar el arte no alcanza

Por Yashira Zomosa

Dedicarse a las artes escénicas en Chile, viene acompañado de una incómoda pregunta: ¿y cuál es tu trabajo real? La frase parece cotidiana y hasta graciosa, pero resalta una idea instalada en la sociedad: que actuar, bailar, dirigir, o escribir teatro, circo o danza no es suficiente para sostener una vida. Dejando al arte en la casilla del pasatiempo y no de un trabajo que exige años de formación, disciplina, desgaste emocional y dedicación absoluta.

La mayoría de los artistas escénicos en Chile vive en una interminable maratón laboral. Hacen clases en la mañana, garzonean por las tardes, ensayan de noche, postulan proyectos en la madrugada y, entre medio, intentan crear. Tener ¨multitrabajos¨ se transformó en la condición base para seguir existiendo como artista. La precariedad entonces no es un hecho aislado en el sector cultural, sino el modelo operativo.

Lo paradójico es lo mucho que se romantiza esta situación, cuando se habla del “amor al arte” como virtud de reemplazar un sueldo estable, descanso, incluso previsión. Pero amar el arte no paga el arriendo, la pasión no cubre licencias médicas, ni la vocación justifica una vida sostenida únicamente por la incertidumbre.

Y en ese contexto, el recorte al presupuesto de cultura para muchos trabajadores de las artes escénicas significa menos fondos concursables, menos posibilidades de circulación, menos programación en centros culturales y menos espacios laborales. Mientras el financiamiento cultural disminuye, desaparecen más que solo proyectos: desaparecen ingresos concretos para actores, bailarines, dramaturgos, técnicos, vestuaristas, iluminadores y compañías completas que necesitan esos recursos para sostener el trabajo.

Pese a todo, los teatros siguen levantando telones. Las compañías emergentes siguen estrenando obras. Siguen surgiendo festivales en salas autogestionadas y centros culturales que proporcionan una diversificación de escenarios posibles. Esto revela algo importante: En Chile, las artes escénicas existen más por la convicción de sus trabajadores que por una política cultural capaz de sostenerlas.

El problema no es que una actriz o un bailarín quiera tener distintos intereses laborales. El problema es que generalmente no hay alternativa. El “multitrabajo” nace de la necesitad y no de la libertad de elección. En ese contexto, cuando la supervivencia ocupa todo el tiempo, la creación termina siendo un sacrificio permanente.

También existe una contradicción social casi irónica, cuando el país celebra a sus artistas por ganar premios internacionales, llenar salas o representar a Chile en el extranjero. Mientras en el cotidiano, la mayoría no tiene estabilidad laboral mínima. Se aplaude la obra terminada, ignorando la agotadora precariedad con la que se produjo.

Hablar de esto no es pedir privilegios para la cultura. Es reconocer las artes escénicas como un trabajo. Un trabajo que genera pensamiento crítico, identidad, memoria y comunidad. Cuando una sociedad empuja a sus artistas a dividirse entre cuatro trabajos para sobrevivir, no solo precariza a un sector: empobrece su propia vida cultural.

Quizás la pregunta correcta ya no sea “¿cuál es tu trabajo real?”, sino “¿por qué seguimos aceptando que vivir del arte sea casi imposible?”

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