Aislarse más de lo habitual, abandonar actividades que antes generaban entusiasmo o experimentar cambios bruscos en el comportamiento o las emociones. Un adolescente que atraviesa un problema de salud mental no siempre pide ayuda directamente y, muchas veces, las primeras señales aparecen en modificaciones de su vida cotidiana.
La realidad adquiere especial relevancia de cara al Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se conmemora cada 10 de septiembre. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 720 mil personas mueren por suicidio cada año en el mundo y esta es la tercera causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. La organización estima además que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años presenta algún trastorno mental.
Para Viviana Tartakowsky, directora de la Escuela de Psicología de la Universidad Bernardo O'Higgins (UBO), uno de los desafíos está en detectar el malestar antes de que alcance niveles críticos. “Si no existe una adecuada comunicación con la familia y los adultos cercanos, es muy difícil que un adolescente pida ayuda. Muchas veces trastornos que podrían ser intervenidos precozmente terminan complejizándose. Por eso es fundamental mantener espacios de encuentro y conversación”, explica.
En este sentido, buscar mayor independencia y espacios de soledad forma parte de la adolescencia. Sin embargo, existen cambios que merecen atención, especialmente cuando son bruscos respecto del comportamiento habitual: emociones mucho más intensas o inhibidas (no propias de la adolescencia, que da cuenta de formas de relacionarse en la que aún no logran modulación y regulación emocional, pero que pueden muchas veces “darse cuenta”, “pedir disculpas” o reflexionar a posteriori), aislamiento excesivo o pérdida de interés por actividades que anteriormente producían satisfacción.
“Es normal que un adolescente quiera más espacios en solitario, pero éstos deberían convivir con momentos para compartir con adultos y amigos presencialmente. Si deja de hacer cosas que antes le generaban alegría, como ir al colegio, practicar un deporte o encontrarse con otras personas, debemos conversar. También hay que prestar atención cuando vuelca prácticamente toda su vida al espacio virtual”, advierte Tartakowsky.
Este último punto cobra relevancia frente a la hiperconectividad. El informe Growing up in the social media age, publicado por la OCDE en 2026, muestra que los jóvenes de 15 años pasan cerca de 35 horas semanales en redes sociales en promedio entre los países analizados. En Chile, la cifra supera las 45 horas semanales, situándose en el extremo superior de la comparación internacional.
La experiencia de la UBO también evidencia altos niveles de malestar entre jóvenes que buscan apoyo. Un estudio realizado a partir del Centro de Atención Psicológica de la Universidad Bernardo O'Higgins (CAPUBO), con 760 estudiantes, detectó que 73,1% presentaba ansiedad severa o extremadamente severa, 64,9% depresión severa o extremadamente severa y 63,7% estrés elevado.
“Cuando existe un exceso de ansiedad disminuye el espacio para reflexionar antes de actuar y pueden aparecer conductas impulsivas. La hiperconectividad y el uso problemático de redes sociales pueden intensificar este escenario, especialmente cuando reemplazan vínculos y experiencias presenciales que cumplen un papel protector”, señala la especialista.
Así, frente a un cambio preocupante, la recomendación es no ignorarlo. Si se trata de un menor de edad, es importante comunicar la situación a sus padres o cuidadores y generar espacios para conversar sin minimizar lo que está ocurriendo. La prevención, además, debe comenzar antes de una emergencia. Familias, colegios y universidades pueden fortalecer factores protectores mediante relaciones significativas, espacios de participación, sentido de pertenencia y comunidades basadas en el respeto y la colaboración, con límites claros.
“Las relaciones presenciales protegen. Necesitamos consolidar vínculos significativos, sensibilizar sobre salud mental y contar no solo con protocolos frente a una emergencia, sino también con estrategias permanentes de prevención y canales de derivación conocidos y efectivos. La intervención precoz puede salvar vidas”, concluye Tartakowsky.

