Esta clase de noticias puede prestarse fácilmente a engaño. Las soluciones mágicas y las anécdotas aisladas rara vez constituyen una base sólida para conclusiones científicas serias, y un estudio con un único participante cuya edad biológica acaba estimada casi 15 años por debajo de su edad cronológica suena, de entrada, a receta para un bulo.
Pero la cifra más llamativa no es necesariamente lo más interesante del trabajo del profesor Dean Ho, director del Instituto de Medicina Digital (WisDM) de la Facultad de Medicina Yong Loo Lin de la Universidad Nacional de Singapur (NUS). La clave está en lo que el experimento intenta medir.
El estudio DELTA
Muchos nos hacemos un chequeo médico anual, pero esas revisiones ofrecen apenas una fotografía de un momento concreto. DELTA nació precisamente para observar qué ocurre entre una medición y la siguiente. Para intentarlo, Ho, de 47 años, recurrió al método más directo posible: convertirse en el único sujeto de su propio estudio.
El planteamiento parte de que cada individuo tiene una referencia biológica propia que, además, puede cambiar con el tiempo en función de factores como el estrés, el descanso, la alimentación o la actividad física. La idea, en definitiva, era dejar de fotografiar la salud en momentos aislados para intentar verla en movimiento, siguiendo cómo respondía y cambiaba el organismo de Ho a lo largo del experimento.

Ayuno, ejercicio y dieta mediterránea
Para hacerlo, se sometió durante unos nueve meses a un régimen exigente. Ayunaba unas 20 horas al día y comía solo entre las 11 de la mañana y las 3 de la tarde, con varios ayunos de 48 horas intercalados. Se acostaba a las 21:15 y se levantaba a las seis de la mañana, mientras dedicaba cada día 90 minutos al entrenamiento de fuerza o cardiovascular.
De acuerdo con un comunicado de la NUS, su alimentación seguía un patrón de inspiración mediterránea, con verduras de hoja verde, aceite de oliva, semillas y proteínas magras. Según IFLScience, incorporaba además un batido de arándanos, col lombarda, brócoli y jengibre, así como un pudín de chía y cacao. Las bebidas quedaban limitadas a agua, electrolitos, café solo y té negro, sin leche ni azúcar.
Pero someterse al protocolo era solo una parte del experimento. Había que observar qué ocurría mientras tanto. Ho llevó simultáneamente tres dispositivos inteligentes –Whoop, Garmin y Apple Watch– durante unos ocho meses. El equipo utilizó además un copiloto de inteligencia artificial que analizaba respuestas moleculares y fisiológicas al estrés para evaluar su resiliencia biológica y estimar su edad biológica, en lugar de depender únicamente de una instantánea de marcadores.
Los resultados: edad biológica y cambios metabólicos
Y ahí aparecieron los resultados más llamativos. La herramienta de IA situó su edad biológica en unos 32 años, casi 15 menos que su edad cronológica. Su frecuencia cardíaca en reposo bajó de 65 a 46 latidos por minuto. En las mediciones del cambio metabólico –es decir, el paso de utilizar principalmente azúcares a utilizar grasas como fuente de energía–, las distintas sesiones registraron tiempos que llegaron hasta unas 16,5 horas. Según NUS Medicine, en alguien de su edad ese proceso suele tardar entre 36 y 72 horas o incluso más.

También se observaron cambios en el sueño. De unas cinco horas por noche pasó a dormir casi ocho, con más sueño profundo y menos tiempo despierto durante la noche. También se observaron cambios en la microbiota intestinal, sin que se detectara Fusobacterium en ninguna de las mediciones.
Las limitaciones de un estudio con un solo sujeto
Hasta aquí, los números pueden resultar espectaculares. El problema aparece al preguntarse qué permiten demostrar realmente. Y es que el propio diseño de DELTA obliga a ser prudentes, ya que se trata de un estudio con un solo participante y sin un grupo de control, por lo que sus resultados no pueden generalizarse a otras personas. El propio Ho reconoce esta limitación y advierte de que las conclusiones deben tomarse con cautela.
A esa precaución científica se suma una cuestión mucho más cotidiana: la dificultad de mantener el protocolo sin que interfiera en sus compromisos sociales. "A veces tenía compromisos sociales por la noche en los que no probaba ni un bocado, y la gente bromeaba conmigo al respecto", contó Ho a IFLScience. "Eso no va a ser posible en todos los eventos sociales de aquí en adelante".
Por eso, quizá lo más interesante de DELTA no sea la tentadora cifra que sitúa en unos 32 años la edad biológica estimada de un hombre de 47. El experimento plantea, más bien, otra forma de observar cómo envejecemos, siguiendo los cambios del cuerpo a lo largo del tiempo en lugar de depender únicamente de mediciones aisladas.
El estudio, publicado en PLOS One, apunta precisamente en esa dirección y plantea que estos métodos puedan servir para diseñar ensayos participativos a mayor escala. Estudios de ese tipo permitirían evaluar mejor hasta qué punto los resultados pueden reproducirse y generalizarse más allá de este caso individual, y hasta qué punto dependen de las circunstancias particulares de un investigador dispuesto a cenar antes de que oscurezca durante nueve meses seguidos.

