Un equipo de astrofísicos presentó una nueva teoría para explicar por qué Venus, el planeta más similar a la Tierra en tamaño, masa y estructura, no tiene luna propia: se la habría "devorado", un caso calificado como canibalismo celeste.
La velocidad extremadamente lenta a la que Venus gira sobre su eje habría condenado a cualquier satélite natural que alguna vez orbitara el planeta a girar gradualmente en espiral hacia su progenitor y, en última instancia, ser consumido en un choque cataclísmico.
Mecánica orbital y canibalismo celeste
Así lo plantea la teoría formulada por científicos de la Universidad de California en Riverside, lo que marca un giro respecto a las explicaciones previas sobre por qué Venus, el segundo planeta más cercano al Sol, carece de un compañero lunar.
"Si tuvo una luna, y es probable que así fuera en algún momento, no podría haberla conservado. Esa luna se habría estrellado contra el planeta en una escala de tiempo relativamente corta", declara el astrofísico Stephen Kane, autor principal del estudio, publicado este lunes (14.09.2026) en la revista The Astrophysical Journal.

Simulaciones de colapso planetario
Kane afirmó que los datos de modelos informáticos basados en física planetaria, los cuales simularon la mecánica gravitatoria de hipotéticas lunas venusianas de diversos tamaños, mostraron que todas sufrían el mismo destino: colapsar antes o después contra su planeta madre.
Ese presunto evento de devoración lunar habría ocurrido probablemente dentro de los primeros mil millones de años en la historia de Venus, cuya antigüedad, al igual que la del resto del sistema solar, se remonta a unos 4.500 millones de años, explica Kane.
Anteriormente, los científicos teorizaban que Venus, conocido como el "gemelo" de la Tierra, o bien nunca llegó a adquirir una luna propia, o bien tuvo una que fue destruida por el impacto masivo de otro objeto celeste.
La velocidad de rotación como factor clave
El estudio centrado en las dinámicas entre la Tierra y la Luna determinó que la velocidad de rotación planetaria fue el factor determinante.
A diferencia de Venus, que tarda 243 días terrestres en completar una sola rotación sobre su eje —un periodo superior al de su órbita alrededor del Sol—, la Tierra gira sobre sí misma cada 24 horas, más de 200 veces más rápido que el planeta vecino, detalla Kane.
La transferencia de energía de la rotación más rápida de la Tierra está alejando gradualmente a nuestra Luna, provocando que se distancie a razón de 4 centímetros por año, una medida registrada con precisión mediante los espejos instalados en la superficie lunar por los astronautas del Apolo 11 en 1969.

Un infierno rocoso de efecto invernadero
Venus, el tercer objeto más brillante en el cielo nocturno después del Sol y la Luna, cobra gran relevancia como objeto de estudio para los científicos que buscan comprender mejor la historia y el futuro de la Tierra.
De estructura rocosa similar a la Tierra, aunque ligeramente más pequeño, Venus está envuelto en una densa y tóxica atmósfera que ha generado un efecto invernadero desbocado, elevando las temperaturas en su superficie hasta los 471 grados Celsius, calor suficiente para fundir el plomo.
El caótico origen del sistema solar interior
Aunque no hay pruebas directas de que haya existido una luna venusiana, resulta poco probable que Venus, en su etapa inicial, esquivara las colisiones de magnitud planetaria contra otros protoplanetas, un tipo de impacto que, según el consenso científico, dio origen a la Luna terrestre, plantea Kane.
El amanecer del sistema solar interior estaba repleto de grandes cuerpos rocosos que se desplazaban a gran velocidad por el espacio y chocaban entre sí; Venus habría recibido incluso más impactos que la Tierra debido a su mayor cercanía al Sol.
Los científicos confían en desentrañar más enigmas de Venus mediante dos próximas misiones de la NASA programadas para finales de la década de 2020 o principios de la de 2030, denominadas DAVINCI+ y VERITAS, diseñadas para analizar la atmósfera y las características geológicas del planeta.

