El torpedo educativo
Le pasó a un amigo, en tercero o cuarto medio. Tenía que leer una novela clásica para el ramo de “Castellano” (sí, así se llamaba en mi época), y él, obediente, lo hizo. Era un buen alumno ese amigo mío, pero su fuerte estaba en las ecuaciones y ángulos. Un matemático.
El asunto es que leyó el libro, de principio a fin. Quizá porque estaba pensando en números y circunferencias, no enganchó con la historia y avanzó las páginas y capítulos un poco distraído, confundiendo personajes y lugares, sin comprometerse del todo con el relato.
Cuando llegó a la última página, tuvo la revelación que todos sentimos alguna vez, en el colegio o en la universidad: “estoy cag**o, me voy a sacar un rojo”.
Como era domingo y la prueba era al día siguiente, decidió pasar esa última tarde encerrado en su pieza, preparando un “torpedo” (“chuleta”, como le dicen en España; “machete”, en Argentina; “trencito”, en Uruguay; o “copiatín”, en Paraguay, que debe ser la forma más tierna para referirse a escribir con letra minúscula en un papel diminuto con el objetivo de hacer trampas en el ámbito educativo).
Así llegó el lunes en la mañana y mi amigo llevaba en la mochila un montón de papeles cuadrados que le cabían en la palma de la mano, con letra manuscrita intrincada, con el nombre de los personajes más importantes, características psicológicas y físicas, las acciones relevantes, consecuencias, y toda la info que un adolescente asustado puede considerar clave para responder un control de lectura.
Al salir de la sala, botó el torpedo -o el copiatín, qué palabra más linda, por la chita- tal como lo guardó en el estuche de los Chicago Bulls: no tuvo que utilizarlo porque todo lo que preguntaron fue capaz de responderlo por su cuenta.
¿Qué clase de milagro obró en el cerebro de mi amigo entre el domingo y el lunes?
Muy sencillo: escribir a mano.
Aunque leyó el libro un poco desatento, el proceso de preparar la “chuleta”, escribiendo en esos papeles cuadrados, fue clave para conseguir un efecto cognitivo que se ha estudiado por años: la escritura a mano es uno de los procesos motores más complejos que puede realizar el cerebro humano, lo que potencia el aprendizaje, la consolidación del conocimiento y la creatividad.
Un estudio realizado por investigadores del Laboratorio de Neurociencia del Desarrollo de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología (Van der Weel & Van der Meer, 2024) mostraron que tanto la escritura a mano sobre papel como sobre una pantalla (por ejemplo, con un lápiz óptico o “stylus”) es inmensamente superior a tipear en un teclado para generar …“patrones de conectividad theta/alfa ampliamente distribuidos, especialmente entre regiones parietales y centrales”.
La explicación radica en la complejidad motora y sensorial de trazar letras a mano, desde la sensibilidad para el agarre preciso del lápiz, la presión de cada dedo al momento de escribir; el recorrido de cada una de las letras que unidas forman tal o cual palabra; la conexión visual-motora, el proceso visual mientras se va formando la palabra y que el cerebro compara con sus propios modelos mentales, para ajustar en tiempo real.
Este conjunto de procesos simultáneos obliga a múltiples sistemas cerebrales a trabajar juntos, generando una amplia conectividad y una mayor activación cerebral.
Es fascinante, la verdad.
Mi amigo, por cierto, no tenía idea de que el "copiatín" había terminado siendo la herramienta de estudio más honesta y efectiva de toda su vida escolar. La neurociencia no hizo más que confirmar lo que él descubrió sin querer un domingo de pánico: a veces, el cerebro aprende mejor cuando la mano lo obliga a ir despacio.
