El año en que aprendimos a bailar tristes: 20 años de “Esquemas Juveniles”
Chile vivía épocas especialmente intensas a mediados de 2006: mientras los ojos del mundo miraban a Michelle Bachelet hacer historia como la primera mujer al mando de la nación, en las calles se escribía un relato distinto, a cargo de los escolares en las marchas y tomas de la "Revolución Pingüina", que exigían mejoras estructurales en la educación de nuestro país.
Y aunque la narrativa del momento podría haber llamado a himnos grandilocuentes, la música que terminó retratando a esa época vino de entornos mucho más íntimos: piezas, sintetizadores y computadores que servían como ventana al mundo y refugio a la vez. En ese pequeño universo se forjó uno de los discos que definió el pop de su época: “Esquemas Juveniles” de Javiera Mena.
A contramano del ritmo frenético de los programas de baile y concursos que apuntaban a esos mismos jóvenes, los “esquemas” de una cantautora recién dejando la adolescencia estaban en otra frecuencia: un paisaje interior sensible y vulnerable para hablar de la construcción de las relaciones y la propia identidad en los años previos a la sobreexposición de las redes sociales.
Bajo la producción de Cristián Heyne, Javiera Mena lanzó Esquemas Juveniles a los 22 años: un diario de vida electropop melancólico, lejos de las guitarras heredadas de los 90 y el folk acústico del circuito independiente. Su honestidad y falta de pretensión conectó rápido con una audiencia que no buscaba un retrato generacional, pero igualmente lo encontró en la emotividad de canciones como “Cámara Lenta”, “Al Siguiente Nivel” y el hit que da nombre al disco.
Veinte años después, la "foto" de la juventud dosmilera que quedó fija en este álbum enternece desde su sencillez y afecto por la última generación que transitó entre lo analógico y lo digital: parches en las mochilas como declaración de principios, frágiles romances mediados por las juntas en plazas o el zumbido de MSN Messenger. Manifiestos con la estética de Fotolog, Tumblr y MySpace, mientras el corazón evoca sus anhelos con las canciones de la radio, tal como en la letra de “Sol de Invierno”.
Los adolescentes que marchaban en 2006 hoy ya pisan los cuarenta, pero la épica cotidiana del debut de Javiera Mena sigue acompañando tanto a quienes lo vivieron como banda sonora como a quienes se vincularon años después a su mensaje. Es un lindo recordatorio de que, a veces, los discos que mejor explican a una generación no son los que intentan ser monumentos, sino aquellos que cuentan las pequeñas escenas de las que se componen las grandes historias.
