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Viernes 24 de abril de 2026

Teatro en la era digital: el aplauso vs el like

Yashira Zomosa

Existe una silenciosa disputa por la atención y el tiempo del público, las artes escénicas compiten con un polo opuesto que hasta hace dos décadas no existía: las plataformas digitales de cine y series. No solamente es una diferencia de formato, sino también una transformación profunda de la manera en que consumimos historias. Frente a lo inmediato y cómodo del streaming, los espectáculos escénicos en vivo parecen tener gran desventaja.

En las plataformas digitales el espectador tiene el control total: elige qué ver, cuándo verlo, pausar, retroceder, cambiar e incluso abandonar el contenido sin consecuencias. En cambio, el teatro exige presencia y permanencia, desconectarse de todo estímulo externo a la sala, sin botón de pausa ni opción de repetir la escena. Esta momentánea renuncia a la inmediatez que para algunos resulta incómoda, es justamente lo que hace al teatro algo único e irrepetible. Mientras lo digital se consume, el teatro se experimenta.

Por otra parte, la diferencia crece aún más cuando entendemos que las plataformas digitales han crecido perfeccionándose y ramificándose con producciones de altos presupuestos, elencos reconocidos y apuntando a la masividad. Mientras que el teatro, en Chile, trabaja en su mayoría desde la precariedad, con recursos limitados y escasa difusión. Por todo esto, la competencia por público no solo es difícil, también es desigual.

Esta desigualdad es cada vez más evidente, porque mientras las plataformas generan altas ganancias monetarias y tienen la opción de invertir millones en posicionar sus contenidos, las compañías de teatro apenas logran visibilidad en medios tradicionales. Ante este vacío, el teatro ha tenido que volcarse a las redes sociales, transformándose en su propio agente de difusión. Publicaciones, reels y estrategias para alcanzar altos números de interacción se han vuelto algo tan necesario como el ensayo. El problema queda en evidencia: existe el riesgo de que la obra sea sometida a su capacidad de promoción.

Aun así, no podemos simplificar esta tensión a una simple derrota del teatro. Porque la experiencia compartida que ofrece ver una pieza teatral en vivo y en directo es algo que lo digital jamás podría replicar: la colectividad del público compartiendo risas, llantos, incluso el vértigo de la posibilidad del error en escena, la energía irrepetible de cada función o simplemente el hecho de estar cien por ciento en tiempo presente. Todo esto frente a la perfección de lo digital, ofrece verdad.

Justo ahí aparecen los beneficios más concretos. Ver teatro en vivo es más que solo asistir a una obra, también es entrenar la atención en un mundo cibernético lleno de estímulos. La experiencia de observar cuerpos reales enfrentando conflictos en tiempo real. El teatro es un espacio donde las emociones circulan y nos invita a reflexionar, no hay algoritmos que sugieran qué debemos sentir o interpretar, el espectador tiene un rol activo donde siente empatía, puede imaginar e involucrarse.

Tal vez el verdadero conflicto no sea entre formatos, sino entre las formas de atención. Mientras las plataformas nos empujan a la inmediatez, el teatro invita a la escucha.

El desafío entonces, para las artes escénicas, no es pretender parecerse a lo digital, sino reafirmar eso que las hace irreemplazables en un mundo saturado de contenido. Mientras las series y películas pueden acompañarnos en todo momento, el teatro nos recuerda que hay experiencias que sólo se pueden vivir una vez y justo por eso, es tan necesario.

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