Hangar Rojo: cuando el cine se atreve
La opera prima de Juan Pablo Sallato encuentra en el blanco y negro su belleza y en la extraordinaria actuación de Nicolás Zárate su corazón. Una apuesta que debería seguir sumando reconocimientos.
Hay películas que uno admira por su precisión y otras que, simplemente, te atrapan. Hangar Rojo consiguió conmigo las dos cosas. Me gustó mucho. Por su historia- un capitán de la Fuerza Aérea que enfrenta un profundo dilema moral tras el golpe de Estado de 1973- por la manera en que está contada y, especialmente, porque se atreve a tomar decisiones que podrían haber jugado en su contra y termina convirtiéndolas en sus mayores fortalezas.
Parto por su protagonista Nicolás Zárate. Su actuación es de esas que permanecen después de que termina la película. Contenida cuando tiene que serlo, intensa sin necesidad de subrayados y profundamente humana. Zárate construye un personaje desde los silencios, las miradas y los pequeños gestos. No necesita demostrar que está actuando y quizás ahí está precisamente su mayor logro.
Para mí, se merece todos los premios. Y no como una frase hecha. Hay interpretaciones que sostienen una película y otras que terminan definiéndola. Esta pertenece a las segundas.
Pero Hangar Rojo tiene además una identidad visual tremendamente poderosa. Apostar por el blanco y negro hoy no es una decisión sencilla. Puede convertirse en un recurso pretencioso o generar una distancia innecesaria con el espectador. Aquí ocurre exactamente lo contrario.
El blanco y negro no está para decorar la película: construye atmósfera, acentúa las emociones y obliga a mirar de otra manera. Hay una textura, un juego permanente entre luces y sombras, que acompaña perfectamente aquello que viven sus personajes. Es una apuesta arriesgada, sí, pero justamente por eso resulta tan valiosa cuando funciona. Y aquí funciona.
En tiempos en que buena parte del cine parece buscar fórmulas seguras, agradezco encontrar una película que se permita tomar riesgos. Que confíe en su relato, en sus actores y también en la inteligencia del espectador.
Quizás por eso no sorprende que Hangar Rojo acumule más de una decena de reconocimientos internacionales. Y creo que debería seguir recibiéndolos.
Porque los premios nunca son la única medida para juzgar una película, pero a veces sirven para iluminar trabajos que merecen ser vistos, comentados y celebrados. Y aquí hay mucho que celebrar: una propuesta visual con personalidad, una historia que no necesita gritar para conmover y, sobre todo, una actuación de Zárate – como el capitán Jorge Silva- que está a la altura de los grandes.
Hangar Rojo sube a la lista de mis favoritas del año. Sobre todo porque me dejó esa sensación cada vez menos frecuente de haber visto una película que se atreve a tener una voz propia, demostrando que, a veces, arriesgarse sigue siendo la mejor manera de hacer cine.
