Gol de Fabían Estay a Brasil
Chile - 2000

Relato de Pedro Carcuro
 

Esa noche fue especial. Las imágenes quedaron grabadas en la memoria de los hinchas con tonos de ilusión, elevaron el espíritu hasta el tope y terminaron siendo, dos años después, la mejor demostración de que somos malos, pero no tanto.

Así de simple, porque ante la incredulidad de setenta mil almas la Roja demolió a Brasil, por entonces cuatro veces campeón del mundo. De seguro ninguno de esos eufóricos fanáticos se atrevió a imaginar que ese rival, el que salió del Nacional con la moral en el suelo, volvería a levantar la Copa.

Chile venía de cumplir una campaña irregular. Una derrota en Bolivia y una postrera victoria en Venezuela mantenían al país expectante. La selección era dirigida todavía por Nelson Acosta, el mismo técnico que la llevó a Francia 98.

Al otro lado había un rival de cuidado. Un mes antes les propinaron a los argentinos la única derrota que recibieron en las eliminatorias. Brasil venía por los puntos, no había duda.

La Roja salió a la cancha con formación estelar. Iván Zamorano y Marcelo Salas lideraban un grupo muy similar al que venía de disputar el anterior Mundial. Sólo Rodrigo Tello, Pablo Contreras y David Pizarro aportaban novedades.

Fue la noche de Fabián Estay, de Zamorano y Salas. Rivaldo, Roberto Carlos y compañía recibieron el peor de los tratos, el de los goles.

El Matador apareció a los 25. Le pasó la pelota por encima a un amarillo, se la llevó con prestancia y habilitó por alto a Estay. El volante la recibió, la acomodó y terminó todo con un remate potente que el portero Dida no pudo contener. EL estadio se tiñó de gritos rojos, miles de chilenos coreando la emoción de batir a un gigante.

Dos minutos antes del descanso le tocó el turno al capitán. Ahora la inició Estay, que robó un balón por la derecha y luego lo cruzó largo. En un gesto de verdadero torero el Matador hizo la pantalla perfecta, amagó y la dejó pasar por la espalda hacia Zamorano. El 9 no falló, la controló con acierto y se tomó el tiempo necesario antes de ponerla al segundo palo. Gol, golazo, que importaba la historia, la Roja ya tenía a uno de los grandes en el suelo.

En pleno segundo tiempo se juntaron dos magos. David Pizarro volvió locos a los defensores mientras Salas planeaba la última estocada. Entre ambos urdieron el plan maestro para darle muerte al equipo que dirigía Wanderley Luxemburgo.

El pequeño volante apareció por el centro y amagó un par de veces antes de preparar el centro. Levantó la cabeza y de inmediato sacó el pelotazo hacia el segundo palo, donde le había indicado el Matador. Pelotazo certero, preciso, una obra de arte.

La definición de Marcelo Salas fue notable. La bajó de pecho, como tantas veces en el área sur del Nacional. Luego la esperó, tiró el cuerpo hacia atrás y levantó la cabeza. El disparo fue un misil, casi le vuela las manos a Dida. Lo demás fue locura. Correr hacia la galería, poner la rodilla en el suelo y el dedo hacia el cielo, dedicarle el tanto a la barra de un amor antiguo.

Esa noche la Roja aplastó a Brasil. Provocó, de paso, que los actuales campeones mundiales quedaran sin técnico y cayeran en una crisis que duró meses.

Chile le mostró al mundo como se mataba a los gigantes con sólo tres disparos, aunque tiempo después murió producto del esfuerzo y no clasificó al Mundial.

Pedro Carcuro