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Esa noche fue especial. Las imágenes quedaron
grabadas en la memoria de los hinchas con tonos de
ilusión, elevaron el espíritu hasta
el tope y terminaron siendo, dos años después,
la mejor demostración de que somos malos, pero
no tanto.
Así de simple, porque ante la incredulidad
de setenta mil almas la Roja demolió a Brasil,
por entonces cuatro veces campeón del mundo.
De seguro ninguno de esos eufóricos fanáticos
se atrevió a imaginar que ese rival, el que
salió del Nacional con la moral en el suelo,
volvería a levantar la Copa.
Chile venía de cumplir una campaña irregular.
Una derrota en Bolivia y una postrera victoria en
Venezuela mantenían al país expectante.
La selección era dirigida todavía por
Nelson Acosta, el mismo técnico que la llevó
a Francia 98.
Al otro lado había un rival de cuidado. Un
mes antes les propinaron a los argentinos la única
derrota que recibieron en las eliminatorias. Brasil
venía por los puntos, no había duda.
La Roja salió a la cancha con formación
estelar. Iván Zamorano y Marcelo Salas lideraban
un grupo muy similar al que venía de disputar
el anterior Mundial. Sólo Rodrigo Tello, Pablo
Contreras y David Pizarro aportaban novedades.
Fue la noche de Fabián Estay, de Zamorano y
Salas. Rivaldo, Roberto Carlos y compañía
recibieron el peor de los tratos, el de los goles.
El Matador apareció a los 25. Le pasó
la pelota por encima a un amarillo, se la llevó
con prestancia y habilitó por alto a Estay.
El volante la recibió, la acomodó y
terminó todo con un remate potente que el portero
Dida no pudo contener. EL estadio se tiñó
de gritos rojos, miles de chilenos coreando la emoción
de batir a un gigante.
Dos minutos antes del descanso le tocó el turno
al capitán. Ahora la inició Estay, que
robó un balón por la derecha y luego
lo cruzó largo. En un gesto de verdadero torero
el Matador hizo la pantalla perfecta, amagó
y la dejó pasar por la espalda hacia Zamorano.
El 9 no falló, la controló con acierto
y se tomó el tiempo necesario antes de ponerla
al segundo palo. Gol, golazo, que importaba la historia,
la Roja ya tenía a uno de los grandes en el
suelo.
En pleno segundo tiempo se juntaron dos magos. David
Pizarro volvió locos a los defensores mientras
Salas planeaba la última estocada. Entre ambos
urdieron el plan maestro para darle muerte al equipo
que dirigía Wanderley Luxemburgo.
El pequeño volante apareció por el centro
y amagó un par de veces antes de preparar el
centro. Levantó la cabeza y de inmediato sacó
el pelotazo hacia el segundo palo, donde le había
indicado el Matador. Pelotazo certero, preciso, una
obra de arte.
La definición de Marcelo Salas fue notable.
La bajó de pecho, como tantas veces en el área
sur del Nacional. Luego la esperó, tiró
el cuerpo hacia atrás y levantó la cabeza.
El disparo fue un misil, casi le vuela las manos a
Dida. Lo demás fue locura. Correr hacia la
galería, poner la rodilla en el suelo y el
dedo hacia el cielo, dedicarle el tanto a la barra
de un amor antiguo.
Esa noche la Roja aplastó a Brasil. Provocó,
de paso, que los actuales campeones mundiales quedaran
sin técnico y cayeran en una crisis que duró
meses.
Chile le mostró al mundo como se mataba a los
gigantes con sólo tres disparos, aunque tiempo
después murió producto del esfuerzo
y no clasificó al Mundial.
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